De crear huella digital a protegerla: la crianza en la era de la IA
Un editor reflexiona sobre cómo pasó de exponer a sus hijos en internet a blindar su privacidad, reflejando el giro social hacia la desconfianza tecnológica.

Cuando nació su primera hija, el editor de MIT Technology Review le creó cuentas de Gmail y Twitter y publicó fotos sin pensarlo. Con la segunda, hizo justo lo contrario: protegió su privacidad hasta el punto de borrar después gran parte de la huella digital de la primera. En una carta a los lectores, explica que pasó de la promesa del internet primitivo a la realidad de sus abusos.
No es un caso aislado. Su mujer, enfermera pediátrica, ve cada vez más niños ingresados por problemas como dismorfia corporal o ciberacoso ligados a las redes sociales. Hasta gente que trabaja en grandes tecnológicas mantiene a sus hijos alejados de pantallas y redes, y Mark Zuckerberg no publica fotos de sus hijos en Facebook ni Instagram.
El giro social contra la tecnología infantil
Lo que antes era una corriente subterránea se ha convertido en una inundación. El libro de Jonathan Haidt, The Anxious Generation (2024), llevó el tema a la conversación pública, pese a las críticas de algunos psicólogos. Australia prohibió las redes sociales para menores de 16 años, y otros países como Austria e Indonesia han seguido su ejemplo. En EE.UU., el Tribunal Supremo avaló una ley de verificación de edad en Texas que funciona como una prohibición de facto. Muchos distritos escolares han dejado de usar iPads y Chromebooks para volver a los libros de papel. Incluso los propios niños abrazan el escepticismo tecnológico: el gadget más popular entre la generación Alfa es un Walkman vintage.
La IA complica la crianza
La cuestión se vuelve más urgente con la IA. Para abordarla, la revista recurrió a los editores de Anyway, una publicación para adolescentes, y preguntaron a los jóvenes cómo se sienten con la IA. Las respuestas fueron complejas, fascinantes y sorprendentemente sofisticadas.
El autor admite que ha soltado algo de lastre digital: su hija mayor cambió el teléfono plegable por un iPhone al empezar el instituto, y la pequeña lleva un Apple Watch. Esos dispositivos les abren el mundo, les ayudan a hacer amigos y a moverse por la ciudad con más libertad. También aprenden a poner límites, y él también.
Queda por ver cómo se equilibra la protección con la necesidad de que los niños se desarrollen en un mundo inevitablemente tecnológico. La respuesta no es única, y este caso personal refleja la tensión que viven muchos padres.
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